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Más de dos millones de ejemplares vendidos

Una historia sobre cómo

deshacernos del conformismo

y las excusas

que nos impiden triunfar

A la venta en las principales librerías de Colombia,

Estados Unidos y Centroamérica

Introducción

 

 “Creo que mi mayor vaca consistía en que mi vida se había convertido en una búsqueda constante de culpables por mis fracasos. Me volví un especialista para identificar a los responsables de todo lo malo que me ocurriera. Sin embargo, después de leer La vaca entendí que yo soy el único responsable de lo bueno y lo                                 malo que me suceda. Estoy seguro de que nuestro continente sería otro sin tanta vaca que nos                             ayude a justificar nuestra pobreza y, por ende, nos mantiene atados a la miseria”.

 

—Alejandro Darío, La Paz, Bolivia

 

 

                          Antes de que te sumerjas en esta enriquecedora metáfora me gustaría que conocieras un                  poco de cómo y dónde se originó —o por lo menos, mi versión de ella— y cómo llegó a convertirse en el        libro que ahora tienes en tus manos. Como suele suceder con muchos acontecimientos, su origen fue el              resultado de una serie de felices coincidencias entre las que sobresalen dos muy significativas.

 

       La primera ocurrió durante una conferencia que dicté en Buenos Aires. Me disponía a hablar de los obstáculos y limitaciones que nos impiden lograr nuestras metas. Sin embargo, en lugar de referirme a cada uno de ellos por separado, como suelo hacerlo, decidí que en esa ocasión les pediría a las más de ocho mil personas que asistían al evento que respondieran a una pregunta. A la cuenta de tres todos debían gritar la primera respuesta que se les viniera a la mente. El objetivo era utilizar esta especie de “opinómetro” para tratar de determinar de manera inmediata la respuesta más común.

 

       Mi pregunta fue: “¿Qué es lo opuesto al éxito?”

 

       “¡El fracaso!”, respondieron casi al unísono gran parte de los ocho mil asistentes.

 

       Al escuchar esta respuesta pensé en que años atrás posiblemente yo hubiese respondido de la misma manera. Por algún motivo, muchos de nosotros hemos aprendido a ver el fracaso como un enemigo al que hay que evitar a toda costa. Desde muy temprana edad entendemos que caer es motivo de vergüenza, que fracaso es sinónimo de fracasado y que, si existe la posibilidad de fracasar frente a algún propósito, lo mejor es no intentarlo.

 

       No es de extrañarse, entonces, que concibamos el fracaso como un mal, una plaga, un castigo, un desprestigio del que hay que huir a toda costa. No obstante, después de leer las historias de vida de cientos de emprendedores exitosos —de observar que fracasaron en sus primeros intentos, pero aun así no se rindieron—, y de tener la oportunidad de interactuar con muchos de ellos, mi conclusión es que los verdaderos triunfadores interpretan el fracaso de manera diferente. Lejos de ser temibles enemigos que hay que evitar sea como sea, sus intentos fallidos, por aparatosos que fueron, terminaron por enseñarles una lección, un camino diferente, una manera distinta de hacer las cosas. Ahora bien, si es posible aprender del fracaso resulta imposible considerarlo un enemigo.

 

       La segunda feliz coincidencia que me llevó a escribir esta historia había ocurrido hacía solo 24 horas, durante el vuelo en el cual arribé a Buenos Aires. Como seguramente les pasará a otros escritores, con frecuencia encuentro personas dispuestas a compartir conmigo anécdotas e historias que les dejaron alguna enseñanza —experiencias que para mí siempre son un caudal extraordinario de nuevas ideas—. Y en aquel vuelo, mientras sobrevolaba algún lugar de Suramérica, escuché por primera vez la trágica —y feliz— historia de la vaca.

 

       En el vuelo de regreso a casa pensé largo rato, tanto en el resultado del opinómetro, como en la historia de aquella vaca que aún daba vueltas en mi cabeza. Cuando me bajé del avión, tenía en mente varias ideas bien claras. La primera, que el enemigo del éxito no es el fracaso, como muchas veces pensamos; sus verdaderos enemigos son el conformismo y la mediocridad. La segunda, que las caídas y los fracasos son parte del camino que nos lleva a la realización de nuestras metas; y que su propósito es darnos la oportunidad de aprender importantes lecciones, permitirnos reconocer hábitos que debemos cambiar y conductas que necesitamos corregir. La tercera, que seguramente, todos recordamos fracasos y caídas que hemos sufrido en algún momento, después de los cuales salimos más fortalecidos, más sabios y mejor preparados para enfrentar nuevos retos.

 

       Por su parte, el conformismo y la mediocridad no nos dejan ninguna lección. No hay nada que aprender de ellos. Tan es así que, cuando nos contentamos con llevar una vida mediocre, nuestro proceso de aprendizaje suele detenerse. Por esta razón, son ellos los verdaderos enemigos del éxito y es a ellos a los que debemos huirles, no a las caídas. Sin embargo, hemos aprendido a temerle tanto al fracaso que, en nuestro afán por evitarlo, terminamos por contentarnos con segundos lugares; por aceptar la mediocridad como alternativa. Y si existe la menor posibilidad de enfrentar una caída, estamos dispuestos hasta a renunciar a nuestras metas.

 

       Entonces, en lugar de desperdiciar el tiempo tratando de impedir cualquier derrota, lo que debemos hacer es eliminar todas las excusas, pretextos, justificaciones y falsas creencias —o como yo las llamo, vacas— que nos mantienen atados a una vida de mediocridad.

 

       Mi intención al compartir contigo esta metáfora es que observes los efectos tan devastadores que el conformismo ejerce sobre tu vida y que logres apreciar los grandes cambios que comienzan a ocurrir cuando finalmente decides deshacerte de tus excusas.

 

       ¿Tienes sueños, metas u objetivos que deseas alcanzar? Permite que sean ellos los que te motiven a actuar y no tus temores. No admitas que tus excusas y justificaciones —vacas— te convenzan de renunciar a tus sueños y darte por vencido. Ese es el gran reto que nos plantea esta inspiradora metáfora.

 

       Cuando salió la primera edición de La Vaca, en menos de un año más de doscientas cincuenta mil personas de 106 países ya la habían leído. Casi diez mil lectores se animaron a compartir conmigo aquellas vacas de las que decidieron deshacerse.

 

       Hoy, diez años después, cuando millones de nuevos lectores han disfrutado de esta historia, en los más de quince idiomas a los que el libro ha sido traducido, he querido hacer algo especial: incluir en esta edición seis capítulos nuevos en los que encontrarás decenas de nuevas vacas que me han enviado los nuevos lectores del libro. Descubrirás las excusas y justificaciones más comunes para no triunfar en algunas de las áreas más importantes de la vida:  la familia, la salud, las finanzas, el trabajo, los hijos y los negocios. Cada una de estas vacas va acompañada de una estrategia específica para deshacerte de ella de una vez por todas.

 

       Pero bueno, quiero que seas tú mismo quien te nutras de todas las enseñanzas que logres absorber de esta historia. Y aunque, es probable que a estas alturas aún te sea imposible entender plenamente el significado de la siguiente afirmación, de todas formas te diré que, si al terminar esta lectura descubres que no aprendiste nada, pues... ¡Esa es tu vaca!

 

PARTE 1

 

ÉRASE UNA VEZ UNA VACA...

 

“Este libro transformó por completo mi manera de ver la vida. Después de evaluar lo que he logrado hasta ahora, hoy reconozco que pude haber hecho más si no hubiese tenido la vaca de sentirme conforme con lo poco que he conseguido. A pesar de mi gran potencial, he desperdiciado una gran parte de mi vida en excusas como ‘mis padres no me apoyaron lo suficiente y por eso yo batallé tanto para terminar mi carrera’, ‘los problemas económicos de mi familia nunca me han permitido lograr mis metas’ y otras por el estilo. Luego, cuando vivía en el extranjero, me escondía tras otras vacas pregonando que ‘¿cómo iba a sobresalir aquí si este no era mi país?’. ‘Acá no quieren a los extranjeros’, solía decir. La lección más importante que he aprendido con esta lectura es que no hay obstáculo más grande en mi vida que ‘yo misma’ y que siempre lograré ser todo lo que yo quiera ser”.

 

—Liliana Inurrigarro Ramos, Guadalajara, Méjico

 

 

         Cuentan quienes fueron testigos de esta historia, que en cierta ocasión un sabio maestro deseaba enseñarle a uno de sus estudiantes la clave para disfrutar de una vida próspera y feliz. Conocedor de los muchos retos y dificultades que enfrentan los seres humanos en su búsqueda por la felicidad, el anciano pensó que la primera lección que su discípulo necesitaba aprender era descubrir por qué muchas personas viven encadenadas a una vida de conformismo y mediocridad. ¿A qué se debe que lleven existencias apenas tolerables y sean incapaces de sobreponerse a los obstáculos que les impiden alcanzar el éxito?

 

         Para que el joven apreciara el valor de esta lección, el maestro le contó la historia de

una familia muy pobre que vivía en un rancho situado en la parte más alejada de un pequeño

caserío. La casucha parecía estar a punto de derrumbarse: sus paredes se sostenían en

pie de milagro y amenazaban con venirse abajo en cualquier momento; el improvisado techo

dejaba filtrar el agua por todas partes; la basura y los desperdicios se acumulaban en cada rincón

dándole a la casa un aspecto decadente y repulsivo.

 

         Pero, si el estado del pequeño rancho daba pena, el aspecto de sus moradores confirmaba la

profunda miseria que reinaba en el lugar. Sus ropas viejas y sucias, su caminar desanimado, su mirada

triste y desesperanzada, eran señal inequívoca de que la pobreza no solo se había apoderado de sus cuerpos, sino también había encontrado albergue en su interior.  

 

         Sin embargo, pese al estado de miseria y desolación en que se encontraban, podían decir que contaban con una posesión —de gran valor, según sus circunstancias—: eran dueños de una vaca.

 

         El animal no era gran cosa, pero la vida de ellos giraba en torno a su vaca. El día se les iba en darle de beber, sacarla a caminar buscando algo de pasto para alimentarla, ordeñarla, asegúrese de que el resto del tiempo estuviera debidamente atada y cuidarla para que nadie se la robara. No era para menos, la escasa leche que producía era el único alimento del algún valor nutricional con el que ellos contaban.

 

         No obstante, la vaca parecía servir a un propósito mucho mayor que el de suministrarles algo de alimentación: les daba la sensación de no estar en la miseria total. Sabían que eran pobres, pero estaban seguros de no ser los más pobres; tenían poco y nada, pero tenían su vaca y eso era suficiente para sentirse conformes. Por absurdo que pareciera, hallaban consuelo en saber que, con seguridad, otros se encontraban en peores circunstancias y ya quisieran tener una vaca como la suya. Así que no era de extrañar que, cuando se quejaban de su desventura, no faltara quien les recordara lo afortunados que eran por contar con su vaca.

 

         Gran trampa en la que los había hecho caer el conformismo: había conseguido que, aun en medio de la miseria, aquella familia se sintiera afortunada.

 

         La historia cuenta que un día sucedió lo inimaginable:

 

         ¡Alguien les mató la vaca!

 

         Lo primero que se cruza por la mente de cualquiera al escuchar esto es que, sí con vaca eran pobres, ¿qué iba a sucederles ahora que no la tenían? Con seguridad que acababan de ser condenados a la miseria total. Lo más probable era que terminaran corriendo con la misma suerte del animal. ¿Qué más podía esperarse?

 

         Es aquí donde nuestra historia da un giro inesperado y que solo se explica por el hecho de que, cuando enfrentamos una realidad tan crítica, cuando hemos tocado fondo, no tenemos sino dos opciones: o nos sentamos a condolernos de nuestras desgracias y a esperar lo peor, ¡o rebotamos!

 

         Y eso fue precisamente lo que esta familia hizo. Al no contar con su vaca comenzaron a ver cómo salir de su precaria situación, así que decidieron limpiar el patio trasero asegurándose de sacar de allí toda la basura y los desperdicios que se habían acumulado a lo largo de los años; luego, consiguieron algunas semillas y, en el espacio despejado, sembraron hortalizas y legumbres para alimentarse.

 

         Pasado algún tiempo, la improvisada granja les producía mucho más de lo que ellos necesitaban para su sustento, así que decidieron vender parte de esos vegetales en el vecindario y con ese dinero compraron más semillas. Poco a poco, la huerta llegó a producir lo indispensable, no solo para ellos, sino para venderles a sus vecinos y para ofrecer el resto de la cosecha en el mercado del pueblo.

 

         Por primera vez en su vida tuvieron lo suficiente para suplir sus necesidades básicas, y con el paso del tiempo derrumbaron el rancho en que vivían y construyeron una mejor casa. Así, poco a poco, fueron saliendo de la miseria en que vivían y encontraron el camino a una vida mejor.

 

         — Ahora, la pregunta realmente importante —le preguntó el anciano a su joven pupilo— es si tú crees que esta familia hubiese logrado todo eso de haber seguido contando con su vaca.

 

         — Seguramente no —respondió el muchacho sin ningún titubeo.

 

         — ¿Comprendes ahora? La vaca que ellos consideraban como su posesión más valiosa había sido en realidad una cadena que los mantenía atados a una vida de conformismo y mediocridad.

 

         — Y cuando ya no pudieron continuar apoyándose en la falsa seguridad que les daba el sentirse poseedores de algo, así solo fuera una pobre vaca, tomaron la decisión de esforzarse por buscar algo más, por ver más allá de sus circunstancias presentes.

 

         — ¡Exactamente! —asintió el maestro reconociendo que su joven estudiante comenzaba a entender la lección—.

 

         — Qué gran enseñanza —murmuró el joven e inmediatamente comenzó a reflexionar sobre sus propias vacas—. Se propuso identificar todas las excusas que hasta entonces lo habían mantenido atado a la mediocridad. Determinó que en adelante no le daría cabida en su mente a nada que le impidiera utilizar su verdadero potencial.

 

         Aquel día marcó un nuevo comienzo: ¡Una vida libre de vacas!

 

_ _ _

 

         Cuando escuché esta historia por primera vez, pensé que a muchos de nosotros nos sucede lo mismo que a la familia de la historia. Cuando insistimos en autoconvencernos de que lo poco que tenemos es más que suficiente, el conformismo se apodera de nuestra vida y se convierte en una cadena que nos impide ir tras metas mayores. No somos felices con lo que poseemos, pero tampoco nos sentimos tan miserables como para salir de nuestra zona de confort. Estamos frustrados con la vida que llevamos, pero no lo suficiente como para cambiar. ¿Ves lo trágico de esta situación?

 

         Y es posible que lo mismo te esté ocurriendo a ti en cualquier área de tu vida. En el área laboral, por ejemplo, es posible que tengas un trabajo que no te gusta porque no te reporta ninguna satisfacción, ni te permite cubrir siquiera tus necesidades mínimas. ¿Qué crees que sería lo mejor para no caer en las garras del conformismo y la mediocridad? ¡Exactamente! Dejarlo y buscar uno mejor. La decisión es fácil, ¿no es cierto? Pero, ¿qué sucede si ese trabajo que no te entusiasma ni te ofrece mayores oportunidades te provee lo suficiente para cubrir tus necesidades básicas, así esté lejos de brindarte la calidad de vida que realmente anhelas para ti y tu familia?

 

         Resulta cómodo conformarte con él, ¿no es cierto? Es fácil caer en la trampa de sentir que debes estar agradecido de, por lo menos, contar con un empleo y un sueldo por malo que sea. Después de todo, hay muchos otros que no tienen nada y ya quisieran tener dicho trabajo.

 

         Al igual que aquella vaca, esta actitud conformista jamás te permitirá progresar. Y a menos que te liberes de ella, no podrás experimentar un mundo distinto al actual. Estás condenado a ser víctima de por vida de estas limitaciones que tú mismo te has encargado de establecer. Es como si hubieses decidido vendar tus ojos y conformarte con tu suerte.

 

         Todos tenemos vacas. Nuestras vacas son todas las excusas, creencias y justificaciones que nos mantienen atados a la mediocridad. Pretextos que utilizamos para tratar de explicar por qué no estamos viviendo como queremos. Y lo peor de todo es que tratamos de engañarnos con excusas que ni nosotros mismos creemos, las cuales, al igual que la vaca de la historia, nos dan un falso sentido de seguridad, cuando frente a nosotros se encuentra un mundo de oportunidades que solo podremos aprovechar si decidimos deshacernos de nuestras limitaciones.

 

         ¡Tú también tienes hoy la oportunidad de comenzar una vida libre de vacas!